El Bronx y más allá (de) la indignación — inmobidiarios

(Parque de Tercer Milenio. fotografiado en abril de 2009) Hace 16 años que no vivo más en el centro de Bogotá, hace 16 años que extraño ese desorden vital que me identifica como rola y que he encontrado en los Barrios Altos de Lima, en el tránsito caótico de Guayaquil y cada tanto se me […]

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Seres Urbanos | Sentarse y sentirse urbanos (reflexiones sobre los bancos en el espacio público)

Por José Antonio Blasco, Carlos Martínez-Arrarás y Carlos Lahoz

Nuestros espacios arquitectónicos requieren un amueblamiento para completar su funcionalidad. Mesas, sillas, armarios o lámparas dan un servicio imprescindible para nuestras múltiples actividades domésticas o laborales. También el espacio público requiere de un mobiliario (urbano, en este caso) que consta de elementos muy diversos para suplir nuestras necesidades en el mismo. Entre las numerosas piezas dispuestas en las ciudades se encuentran los bancos, que ofrecen la posibilidad de sentarse en ellos, para descansar, para esperar, para contemplar, para encontrarnos con los otros o para conversar, por ejemplo.

Pero esa específica y sencilla misión suscita intensos debates. La controversia tiene componentes muy variadas, destacando las consideraciones económicas (derivadas de su coste), sociales (en cuanto a su servicio al público general o a colectivos particulares) o identitarias (como contribuyentes a la imagen de la ciudad).

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Página 12 | El mal que aqueja Buenos Aires es la concentración

Por Antolin Magallanes *

Parafraseando a Sarmiento, aprovecho para hacer algunas reflexiones sobre un proyecto faraónico que fue presentado por las actuales autoridades nacionales y de la Ciudad en medio del balotaje, con las sonrisas de siempre. Me refiero al centro de transbordo, el RER (Red de Expresos Regionales) que se emplazaría debajo del Obelisco y consiste en una gran terminal de trenes y otros medios de transporte, donde se unificarán en distintas plataformas a las terminales existentes. Esto fue bautizado “Subtrenmetrocleta”, para dar idea de un neologismo simpático y propenso al marketing, como debe ser.

Mis opiniones no pasan tanto por lo técnico, lado ya criticado por los especialistas, sino por la orientación que le da al país un proyecto de esa envergadura y orientación. Por qué razón no se piensa un proyecto integrador del país, volcado al interior, ampliando las redes ferroviarias, los puertos, hidrovías, los destinos aéreos, las líneas de subte, creando nuevas centralidades urbanas, ampliándolas y consolidando otras. Por qué no ir hacia otro lado, reteniendo a la población, y dejar de avanzar sobre el río. Por qué no hacer algo cercano a lo federal. Por qué creer en este proyecto cuando los diez kilómetros de subte prometidos hace ocho años no existen, o por qué no priorizar con ese mismo énfasis un plan para urbanizar las villas o recuperar el Río de la Plata.

Ya Martínez Estrada, con su Cabeza de Goliat, nos recordó la relación directa entre la codicia en esta tierra pampeana que nada tenía; tierra pobre, sin los metales preciosos del Perú, pero que algún día sería rica según las nuevas esperanzas económicas sembradas por los países centrales, para las que estas tierras baldías y fértiles, de buen clima y poca población, iban a ser el complemento necesario para establecer la división internacional del trabajo. Muchísimos años de guerras civiles y diferencias bañadas de sangre poblaron las páginas de nuestra historia, centrada en la relación de ese puerto influyente y excluyente con el resto del país. Buenos Aires desconoció sistemáticamente al resto del territorio nacional, hasta doblegarlo después de Pavón. El primer Golpe de Estado, dado por Mitre a Urquiza el 11 de Septiembre de 1852, desanexó a Buenos Aires del resto del país por diez años. (La Estación Once de Septiembre es un patrimonio porteño que nos dice cosas…).

Una vez obtenido el puerto, la aduana y la Capital Federal del país, esta ciudad corporizó en sus formas aquella necesidad de ser lo que no es, solo de parecer. Sobre el andamiaje político de Mitre y la Generación del ‘80 encuentra su destino “no” sudamericano. Esa era una ciudad que iniciaba la tarea de borrar aquella ciudad criolla para establecer sus palacios y edificios europeos, que hoy defendemos patrimonialmente y a los que habría que relatar en todo su contexto y significado. Porque el patrimonio nos lleva a mirar nuestra historia.

Imaginemos que el proyecto del actual Gobierno de la Ciudad triunfe y que gracias a él, debajo del insigne monumento, se afincara una convergencia de terminales de trenes, subtes, autobuses, combis, más bicicletas y motos que llegan a esta ciudad como en un laborioso hormiguero. Imaginemos que debajo del más colosal monumento de Buenos Aires se construyera esta obra que reforzaría el motivo por el cual todos los caminos conducen a este puerto desde siempre. Es decir, que subrayara que no hay otro destino, que toda la historia argentina sigue teniéndola misma meca. Sería una sumatoria de elementos solo útiles para aumentar el único oro en el que se piensa hoy, y que no es otro que el de la renta inmobiliaria. Ya Buenos Aires históricamente apiñó al resto del país sobre la ciudad, e hizo converger a todas las mercancías que pudieran salir del país en un solo puerto, concentró ferrocarriles, población, pudrió riachuelos, ahogó la ciudad. Contra el río y la obligó a crecer dentro de él, teniendo tanta tierra a sus espaldas. Una obra así en cien años dirá cosas, tendrá sentidos, nos convocará a la reflexión otra vez, para saber cómo se hizo posible un país tan mal poblado y tan desigual.

Columna Original

subtrenmetrocleta

La Izquierda Diario | La Ciudad de Remate

El PRO porteño se propone avanzar en la venta de tierras públicas sin el aval de la Legislatura. El FpV apoyó el proyecto en la primera lectura. ¿Un adelanto de lo que se viene en el país?

Este martes tendrá lugar en la Legislatura porteña la Audiencia Pública por la creación de la Agencia de Bienes S.E, votada en diciembre por el PRO y el Frente para la Victoria. Después de la misma, deberá volver al recinto donde el oficialismo intentará su sanción definitiva.

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Página 12 | La ciudad privatizada

 Por Sergio Kiernan

En este mundo hay pocas verdades evidentes, pero una es que las ciudades son nuestra mayor creación. Todo lo que viene a la mente cuando se hacen estas listas confesamente tontas se originó en las ciudades: la escritura y el arte, la política y los impuestos, el Estado y sus insatisfechos. Desde la contabilidad a la música de cámara, siempre se termina hablando de creaciones urbanas. Con lo que pensar las ciudades de modo mínimamente orgánico, que es la única manera práctica de hacerlo, termina en el humanismo. Trazar autopistas, zonificar barrios, discutir densidades, vender o comprar espacios verdes, todas son cuestiones prácticas que terminan medio perdidas si no se tratan pensando la ciudad como escena de nuestra cultura. Como escena de nuestra humanidad.

Por supuesto, los especuladores niegan estos de modo absoluto y ponen caras de adultos que saben de la realidad cuando se les señalan estas complejidades. En general, son gente de cabotaje que sólo sabe de dinero y que cree que los resultados de sus hazañas –apiñamiento, crimen urbano, suciedad, marginalidad– son problema del gobierno que no sabe lo que hace. Para peor, creen que lo único que se puede hacer con una ciudad es dinero, explotarla con el mismo business plan con el que se tala el Amazonas, en un capitalismo salvaje en el que el FOT ilimitado es libertad.

Pero así como el Amazonas se puede morir y asfixiarnos a todos con su muerte, las ciudades pueden morirse también. Con lo que hace falta un pensamiento más complejo para evitar estos males, pensamiento como el que está creciendo en Italia, tierra de ciudades bellísimas rodeadas de periferias horrendas y con especuladores que dieron lugar a una nueva etiqueta: berlusconismo inmobiliario. Entre las cabezas más lúcidas está Salvatore Settis, un arqueólogo e historiador del arte que dirigió el Getty Research Institute de Los Angeles y preside el consejo científico del museo del Louvre, entre otros cargos. Settis es un hombre complejo con una mirada compleja sobre las ciudades, los que las habitan y su rol en formarnos.

Su libro más reciente arranca con un título inquietante: Si muere Venecia. Pero el libro no es sólo sobre la hermosa Serenísima sino sobre el problema en general. La misma tapa del libro lo explica en un párrafo destacado que dice “Las ciudades históricas están siendo infiltradas por una falsa modernidad, la del robo, la del olvido de sí mismas. Venecia es el ejemplo supremo de esta amenaza y de las soluciones posibles. Debemos recuperarles el alma, reivindicar el derecho a la ciudad”. Y esto es un pensamiento urgente, porque Settis empieza su libro explicando cómo pueden morirse las ciudades.

Resulta que hay tres maneras. La primera es la más chapada a la antigua, la de Cartago, que es cuando un enemigo despiadado la invade y la destruye hasta borrarla. La segunda fue muy común y no es tan rara hoy en día, con un enemigo que ocupa la ciudad y desplaza su cultura, su lengua, sus dioses y costumbre para rehacerla a su medida. A Bagdad, la capital más antigua del planeta, le pasó varias veces y es postulable que le esté pasando ahora. La tercera manera es la más común, la que deja un tendal encontrable en todo el mundo y en particular en el Tercer Mundo. Es cuando la ciudad muere porque sus habitantes pierden la memoria y sin darse cuenta se transforman ellos mismos en extranjeros y en enemigos de su propia ciudad. De San Pablo a Ciudad México, de India a China, los ejemplos son legión. Y es lo que le está pasando a Buenos Aires ahora mismo.

Settis explica que este proceso de pérdida no es rápido, es un Alzheimer colectivo que se desarrolla lentamente y cuenta con nuestra distracción o indiferencia. La amnesia urbana se hace de pequeñas cosas, cada una sin mayor importancia en el enorme contexto de una ciudad, con lo que parece quejoso señalarlas individualmente. Pero igual que con las personas, las ciudades que pierden su memoria terminan perdiendo su dignidad, terminan necesitando ayuda para ir al baño, no se acuerdan ni del nombre de sus hijos, no son más ellas mismas.

En el caso de las ciudades, un motor del proceso es el interés económico de una minoría que cuenta con el apoyo del poder político, la complicidad de profesionales y medios, y un “sentido común” trucho. El proyecto es privatizar lo que tienen de bello, de habitable y de único las ciudades, su calidad, para romperlo y hacer plata. Es una privatización porque lo que tiene de bueno una ciudad, su belleza, fue algo construido colectivamente antes que nosotros, es algo que tiene que ser construido colectivamente por nosotros y deberá ser continuado colectivamente por los que nos sigan. Nada de esto figura en el business plan.

Construir una ciudad bella es una tarea material y concreta, no tiene nada de abstracto. Todo el que conoce su ciudad le conoce sus bellezas, que son combinaciones de construcciones y espacios, de parques y muros, de objetos y espacios. Estas combinaciones son realmente frágiles y la mezcla de forma urbana, estilos arquitectónicos, materiales y paisajes se desequilibra con facilidad: no es complicado arruinar una ciudad, pero sí hacerla hermosa y habitable. Lo que tiene de bueno Buenos Aires, eso en que acierta a ser hermosa, es una combinación de años de decisiones colectivas, públicas y privadas, y de accidentes. Por eso Buenos Aires, como toda ciudad interesante, es única, es amada por sus hijos de un modo particular y es la representación material de lo que la construimos y la habitamos.

Este tipo de noción se olvida rapidito y con más facilidad entre más grande sea la ciudad. Las grandes entidades urbanas, explica Settis, hacen simplemente imposible conocer a la comunidad, como sí es posible en una ciudad chica o en un pueblo. La gran ciudad es escenario del trabajo, del anonimato, de la diversidad, de la movilidad social, del experimento y la reinvención personal, pero también de la soledad, la impunidad, la indiferencia. El sentido comunitario de la gran ciudad es fragmentario y se define por grupos y lugares específicos en los que uno siente que pertenece en el trabajo, en el barrio en que vive y en lugares que suele frecuentar. Es muy difícil preocuparse realmente del conjunto, de lo que pasa en otros barrios, y entender que también lo afecta a uno. Para peor, en las ciudades grandes hay inmensas áreas indiferenciadas, suburbanas, sin carácter y más definidas por infraestructuras como la autopista que por otra cosa.

A Buenos Aires le pasa exactamente esto, con el agregado de que toda la ciudad vieja, la que fue creada con otras reglas que la mera rentabilidad, está siendo devorada por los edificios en altura. Es un proceso avanzadísimo y la cara porteña ya es más de estos departamentos mediocres, carentes de toda intención de arquitectura, que de las casas que le dieron su alma. Lo mismo ocurre con el espacio público, donde las catenarias ornamentales fueron largamente reemplazadas por cajitas prácticas, los bancos de plaza por artefactos torturantes de hormigón, y el sendero blando por un pavimento de hormigón. El mal gusto privado es reflejado por el público, y además validado.

Todo esto es, para Settis, una imitación vanidosa, una idea de modernidad prestada de otros países y mal copiada. La torre, el parque modernoso, la estación de subte cementuda prometen un “parecerse a”, un “vivir como”, internacional pero más tomado de las películas que de cualquier idea coherente. Por así decirlo, no se imita Miami sino el folleto turístico de Miami, con lo que se llega tarde y se llega mal a algo que hicieron otros. Eso sí: la imitación es muy rentable. Esta idea de progreso, de “la ciudad que debe cambiar”, esconde el móvil económico, especulativo. Es una forma arquitectónica creada desde la ganancia y para la ganancia, y es una forma facilonga que resulta ideal para la pereza de los arquitectos actuales. Estos edificios ofrecen pocas variaciones, se insertan de cualquier manera en cualquier lugar, y relevan al profesional de mirar siquiera el entorno.

El berlusconismo inmobiliario tiene reglas bastante claras:

– Se oculta la lógica económica.

– Se habla como si la altura fuera una regla natural, algo indiscutible.

– Se esconde la pregunta más fundamental: ¿se vive mejor en una ciudad vertical o en una horizontal?

– Se usan frases huecas sobre modernidad, competitividad y hasta ecología, citando vagamente el progreso tecnológico en la construcción.

El fenómeno es notable porque consiste en millones de metros cuadrados de ciudad desangelada, materialmente berreta, sobrevaluada y conceptualmente de segunda mano, que se venden como buen vivir, como una nueva forma de vida, como algo mejor que lo existente. Esta mentalidad de bolichero, en parte, convence porque la vivienda propia es el gran capital y el único capital que tiene una mayoría de las personas. El capital es tímido, odia el riesgo, y se concentra en lo que el discurso social le dice que es seguro: “a estrenar”, “gran categoría”, “buena ubicación”. Este miedo comprensible de los que compran justifica donde importa, en la facturación, las ideas flojas de los especuladores. Esto es la base del dogma de que toda construcción que no sea en altura bloque un lote que no se “realiza”, está subutilizado, es un desperdicio de dinero.

En el fondo, este es el motor de la masiva venta de terrenos que planea el gobierno porteño, un gobierno de, por y para los especuladores inmobiliarios. Los terrenos abiertos de cualquier tipo son, para el macrismo y para el larretismo, negocios que no se hacen, desperdicios urbanos, quietismo que contradice la regla de que las ciudades que no se mueven se mueren. Por supuesto, una ciudad no es un tiburón, que se hunde si no nada, pero sí son organismos que exigen movimiento y cambio. La cosa es que el cambio debe respetar el ADN de la ciudad particular y no puede ser un acto de violencia con lo que ya es. Con tanta demolición de patrimonio se sabe qué se pierde, el patrimonio, pero no queda en claro qué se gana, aparte de dinero para el especulador. Y con la venta y construcción de estos terrenos, se sabe que perdemos pulmones urbanos y la chance de hacer parques, pero no sabemos qué ganamos como porteños. Como privatizar estos espacios limita su acceso a los que pagan, sea una entrada, sea un consumo o sea una propiedad, uno sospecha que de ciudadano se termina en cliente.

Settis tituló su libro con Venecia por dos razones. Una es que toma a la Serenísima como ejemplo de ciudad entre ciudades, como algo realmente único. Y otra porque ya van años que tratan de rodearla de supertorres como las de Puerto Madero, del lado de tierra firme y del lado del mar, sobre la península que crea la laguna. El contraste entre lo que es y lo que se quiere hacer, entre el ADN veneciano y la modernidad importada, es tan brutal que sirve de ejemplo universal. Entre nosotros es más sutil, pero es igualmente berlusconismo inmobiliario.

suplementom2@yahoo.com

Página 12 | A la Justicia por las tierras

Las ONG de la campaña Buenos Aires No se Vende pidieron un amparo para frenar la audiencia pública del 29. El problema es la opacidad de la ley de venta de terrenos, la falta de información y de números concretos.

Por Sergio Kiernan

Plataforma Urbana | El desmedido crecimiento de Bogotá: impactantes resultados en las dinámicas inmobiliarias

En los últimos días, la Unidad Administrativa Especial de Catastro Distrital de Bogotá reveló un completo análisis sobre el estado actual de las dinámicas inmobiliarias en la capital colombiana. Sus resultados llamaron especialmente la atención al evidenciar el veloz crecimiento que ha sufrido en los últimos ocho años, llegando a igualar en superficie el área de Suba y Usaquén juntas, alrededor de unos 69 millones de metros cuadrados. Si bien Cartagena y Bogotá están desde hace años a la par, en términos de crecimiento urbano, ha quedado claro que Bogotá sigue consolidándose como el mayor atractivo inmobiliario de Colombia.

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